LOGO CORPORACION DIOCESANA


Image1 image2 image3 image4 image5 image5 image6 image7 image7 image8 image9
Buscar en Corporación

Nuestra Historia

Nuestros Aliados

Gracias a nuestros aliados hemos logrado construir un mundo más humano y justo.

Actualidad

PostHeaderIcon Historia de Vida María Libia y Ligia Sánchez

En el barrio El Libertador de la ciudad de Cartago, en una casa antigua y desgastada por los años vivían las hermanas María Libia y Ligia Sánchez, quienes por las condiciones físicas en las que se encontraba su casa no se sentían cómodas ni seguras y las agobiaba una gran tristeza y preocupación por no saber qué sería de ellas el día de mañana.

Su hogar, si es que le podían llamar así, carecía de buena estructura física, sus paredes, construidas de bareque, estaban agrietadas y a punto de colapsar; en el techo había miles de agujeros por los que entraba el agua cuando llovía. Su vivienda no era segura para ellas ni para la sociedad.

Ligia Sánchez sufre una enfermedad que le impide mover correctamente sus extremidades inferiores, según ella,  esto ocurrió por bañarse acalorada después de preparar un sancocho y unas arepas en compañía de su mamá, en sus ojos tiene principio de catarata, enfermedad que le impide ver claramente; su hermana, María Libia Sánchez desde hace más o menos diez años le empezó una enfermedad llamada glaucoma, a raíz de esto fue perdiendo la vista hasta quedar ciega por completo.

 

En ese mismo barrio, al frente de su casa vivía Estrella, quien al ver la situación que enfrentaban las hermanas empezó a brindarles su apoyo, les ayudaba a sacar todo el barro que se formaba después de un día lluvioso, les ofrecía comida y fue así como se convirtió en su “mamita”, como ellas suelen llamarla. Tiempo después abandonó ese barrio, pero nunca las dejó a ellas.

Una mañana del 19 de octubre del 2016 llegó Secretaría de Planeación Municipal con una notificación de resolución en la que pedían a las hermanas María Libia y Ligia Sánchez desalojar la casa para hacer efectiva su demolición, puesto que presentaba amenaza de ruina y un peligro inminente tanto para ellas como para la sociedad, sin ni siquiera preguntarse en qué lugar vivirían a partir de ese día. Al ver la situación en la que se encontraba la vivienda de sus vecinas, Estrella, recordó lo que había escuchado decir acerca de la Corporación Diocesana e inmediatamente fue a hablar con Monseñor Jairo Uribe, él, con la humildad que lo caracteriza le dio una señal positiva sobre la construcción de una vivienda nueva para las hermanas Sánchez. Poco tiempo después llegaron a la casa las personas encargadas de realizar todos los trabajos para empezar a construir.

Estrella, tomó la decisión de llevar a María Libia a su casa mientras se hacían todos los trabajos respectivos para el nuevo hogar. Su hermana, Ligia, había estado en un asilo que no quería recordar y por consiguiente no tenía deseos de volver a estar allá. Las hermanas no se querían separar de nuevo, así que Estrella sin pensar en el futuro tomó a las hermanas de la mano, y se fueron en taxi hasta su casa. Allí estuvieron durante cuatro meses mientras esperaban con ansias su nuevo hogar.

Tanto María Libia como Ligia dicen estar muy agradecidas con su “mamita” Estrella, “viví muy bien, esa señora se manejó muy bien. Estábamos comiendo, durmiendo y sin lavar ni un trapo. Esa señora no se consigue ni mandada a hacer”.

Aunque las hermanas Sánchez estaban viviendo tan bien donde Estrella, siempre le pedían que por favor les buscara una habitación para vivir mientras la construcción de la casa terminaba porque decían que “entre más buena es la persona, más avergonzado se siente uno”.

Al cabo de cuatro meses, la construcción del nuevo hogar de María Libia y Ligia Sánchez había finalizado. Un día de enero Estrella le dijo a las hermanas que fueran a ver el lote, María Libia, con un poco de rabia respondió: “¡Qué me gano con ver un lote, si es que veo!”.

Llegaron al lugar que habían abandonado hace cuatro meses, ahí las estaba esperando Monseñor Jairo Uribe para entregarles su nuevo hogar. María Libia, al no poder apreciar la belleza de la casa empezó a reconocerla con sus manos y en el momento que le entregaron las llaves sintió que en su corazón no cabía tanto amor y agradecimiento hacia Monseñor y la Corporación Diocesana. “Tengo tanto que agradecerle. Si nosotras no le pagamos, Dios le pagará” dice Ligia, refiriéndose a Monseñor.

“Nos cambió la vida como de la noche a la mañana” afirman las hermanas.